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Adolfo García Ortega: “Siempre me ha interesado dar alma a personas a las que la realidad se la ha quitado”

El escritor vallisoletano Adolfo García Ortega ha presentado en la 52 Feria del Libro de Valladolid su última obra, Una tumba en el aire, en el marco de un encuentro en conversación con la periodista Angélica Tanarro que ha girado en torno a este libro, que narra la historia de tres amigos que fueron asesinados por miembros de la banda terrorista ETA un día que fueron a San Juan de Luz a ver El último tango en París.

Un relato en el que, según el autor, “ha tratado de tapar los huecos en blanco” que tenía este trágico suceso, ocurrido en 1973 sobre el que había más sombras que luces pues ETA nunca reconoció el asesinato públicamente, si bien sí que hay testimonios en los que algunos de los participantes lo relatan a infiltrados dentro de la banda.

Buenos y malos claramente diferenciados. “Siempre me han interesado las víctimas inocentes y en mi obra he tratado de dar alma a aquellas personas a las que la realidad se la había quitado”, ha apuntado para luego apoyarse en la posición de Albert Camus por la cual la literatura debe servir para restituir la moral frente a la injusticia, “no se puede quedar sólo en entretener, también debe aportar conciencia”, ha añadido.

La fase preparatoria de la novela fue ardua, tal y como ha reconocido el autor, con una investigación que le llevó a ponerse en contacto primero con la familia de las víctimas, sin cuya aquiescencia no tenía intención de iniciar el proyecto, y por otro lado con contactos con policías, personas que pertenecieron a ETA en los años 70 y espías, con el objetivo de conocer esa otra parte. “Descubrí cosas que no se sabían hasta ahora”, ha apuntado García Ortega.

Fruto de esa preparación cuajó una novela “dura” en la que relata la vida de los chicos que formaban un grupo de amigos frente a los terroristas, entre quienes no existía ningún vínculo de amistad, más allá del fanatismo que les hacía vivir en una paranoia permanente de sentirse siempre espiados y tenían esa posición “mesiánica” de la política en la que todo aquel que no apoyase su causa era enemigo del pueblo vasco.

Inquieto por la opinión que pudieran tener las familias de las víctimas, García Ortega ha percibido que su novela les ha aportado “cierto sosiego”, pues a pesar de la dureza de la narración, resulta un relato verosímil que podido servir para frenar esa imaginación desaforada de los seres queridos de los tres jóvenes protagonistas que llevan décadas buscando una respuesta sin encontrarla.

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