El alcalde da la bienvenida a la gran fiesta de los libros y la lectura

 

A la misma hora que la Plaza Mayor ponía fin al primer día de la Feria del Libro, a escasos metros, en el Círculo de Recreo, Gustavo Martín Garzo pronunciaba el pregón de la 53 edición en un acto con el aforo limitado al que asistió el alcalde, Óscar Puente, y la concejala de Cultura y Turismo, Ana Redondo.

 

Cómo antesala de la intervención del escritor, el alcalde resaltó la apuesta del Ayuntamiento de Valladolid por este evento   al tiempo que glosó la trayectoria del escritor.

“Ha comenzado, pues, la gran fiesta de los libros y la lectura, nuestra Feria del Libro, que pone de manifiesto, una vez más, que Valladolid es una ciudad amante de la literatura. Por eso se vuelca con esta Feria -de la que los vallisoletanos nos sentimos especialmente orgullosos-, que constituye un espacio privilegiado en el que los lectores nos encontramos con los libros y con las experiencias y emociones que estos nos transmiten.

         A nadie se le escapa, como se ha dicho, que esta será una edición especial de la Feria del Libro, por cuanto, como tantas otras cosas, viene condicionada por la crisis sanitaria provocada por el COVOD-19. Tal es así que, como saben, nos hemos visto obligados a modificar las fechas en las que estaba previsto celebrar este certamen, que tradicionalmente tiene lugar en primavera y, asimismo, hemos tenido que establecer unas estrictas medidas de seguridad para atender las disposiciones dictadas por las autoridades sanitarias.

         A pesar de todas las dificultades, la 53 edición de la Feria del Libro de Valladolid es ya una realidad, lo cual nos congratula, porque va a suponer un balón de oxígeno para un sector tan castigado por las consecuencias económicas de la pandemia como lo es el del libro. Por ese motivo, el equipo de gobierno municipal ha hecho todo lo posible para que esta Feria se celebrara, lo cual es una prueba palpable del compromiso que mantenemos con el mundo de la Cultura.

         Como decía, la Feria del Libro de 2020 ya ha arrancado, y en ella los vallisoletanos y quienes nos visiten van a poder conocer las últimas novedades literarias en ese magnífico escaparate que es la Plaza Mayor, a la par que disfrutar de un programa de actividades en torno a la Feria que viene repleto de sugerentes propuestas. A los amantes de los libros se nos ofrecen, pues, poderosos argumentos para encaminarnos a las casetas de los libreros, a la carpa de la Plaza Mayor o a este Salón de Actos del Círculo de Recreo que hoy nos acoge.

         Una gran Feria del Libro, como lo es la de Valladolid, merece un comienzo que esté en consonancia a su prestigio y calidad, como el que va a protagonizar Gustavo Martín Garzo, que seguidamente pronunciará el pregón de la Feria y a quien agradezco que haya aceptado esta encomienda.

         A Gustavo, uno de nuestros paisanos más ilustres, los vallisoletanos le conocemos sobradamente y le apreciamos como merece, al igual que valoramos su abundante y fecunda obra, que le ha hecho merecedor de prestigiosos galardones como son, por citar solo los más relevantes el Premio Nacional de Narrativa, conseguido en 1993 por “El lenguaje de las fuentes”; el Nadal en 1999, por “Las historia de Marta y Fernando”; el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2004, por “Tres cuentos de hadas”; y el premio Castilla y León de las Letras, que se le otorgó en 2006 en reconocimiento a toda su carrera.

         Recientemente, ha publicado “Elogio de la fragilidad”, una hermosa y sugestiva obra que me permito recomendarles; si no lo han hecho ya, adquiéranla en las casetas de la Feria del Libro con la seguridad de que van a disfrutar de su lectura. En la misma, nuestro pregonero se ocupa, con esa escritura tan suya de la que emana emoción y sentimiento, de las obras y creadores por los que se ha sentido atraído, a la vez que reivindica la importancia del arte en nuestras vidas, porque como decía el propio Gustavo en una reciente entrevista, “el arte nos enseña a ver el mundo como posibilidad, como un lugar donde son posibles muchas más cosas de las que parece que lo son. (…) Es como un espacio de libertad, donde poder volver a replantearnos las cosas y aspirar a que nuestros deseos se cumplan, pero también aprender a enfrentarnos a lo desconocido”.

         A pesar de estar escrito antes de la aparición de la pandemia del Covid-10, este su último libro tiene también la virtud de iluminarnos en estos difíciles tiempos en los que vivimos. A este particular recuerda el escritor que “el hombre no puede alimentarse sólo de realidad. Necesita relatos que le permitan transformar las pequeñas circunstancias de su vida en algo significativo y precioso que pueda compartir con sus vecinos. Por eso es tan decisiva la cultura”.

         Dispongámonos a escuchar el pregón de Gustavo Martín Garzo, que lleva por título “Elogio de la fragilidad”, el mismo de su reciente obra, y en el que, a buen seguro, como adelantó a la periodista Maite Rodríguez, contará “una historia que tenga el poder de conmover a quien la escucha, que lleve el consuelo y belleza a los oídos de quien lo esté escuchando”.

Pregón de Gustavo Martín Garzo

El primer libro importante de mi vida fue La Biblia. Era un libro, sin embargo, que tardaría muchos años en leer. Nuestros padres nos hablaban de él y nos contaban sus historias, pero permanecía cerrado en la estantería sin que ni siquiera ellos lo llegaran a tocar, sin duda porque era demasiado turbador y complejo y no era fácil contestar a las preguntas que suscitaba su lectura. Por ejemplo: ¿Por qué Dios había preferido a Abel?, ¿por qué una de las plagas que habían asolado a Egipto había sido la muerte de los niños?, ¿por qué Jacob había engañado a su noble y bruto hermano Esaú, o por qué Sara había ordenado abandonar a la esclava Agar y a su hijo Ismael en el desierto, donde sólo podía aguardarles la muerte?

         La Biblia era un libro en el que estaba presente la belleza de la creación, pero también el dolor que había acompañado a los hombres desde que, a causa de su desafío a Dios, fueron expulsados del paraíso. Un libro de historias terribles, que casi siempre tenían que ver con la decepción del creador por sus criaturas, como la historia de Jonás o la de Noé: pero también de momentos delicados y dulces como el encuentro de la hija del faraón en las aguas del Nilo de la canastilla en que estaba Moisés, el encuentro de Raquel y Jacob entre las ovejas que iban a abrevar en el pozo, el de Agar e Ismael con el ángel que en pleno desierto hizo brotar un pozo para que pudieran mitigar su sed; o aquella, que era la más maravillosa de todas, en que una simple burra había visto un ángel detenido en el camino.

Pero, desde los ojos de un niño, en La Biblia también estaba una de las historias más oscuras y terrible que se han contado nunca: la historia de Abraham y de su visita al monte Moira, para cumplir el mandato divino del sacrifico de su hijo Isaac. Aún recuerdo la desazón que sentía en mi infancia al escucharla, porque no podía entender como Abraham no había encontrado la manera de enfrentarse a una orden como aquella, aunque eso hubiera supuesto faltar a sus deberes con Dios. Pero ¿qué deberes eran esos que exigían a los padres volverse contra esa ley básica de sus corazones que decía que debían proteger a los suyos? Aquella historia ejemplar, en cuanto expresaba la obediencia ciega del hombre a su Creador, desde los ojos del hijo se transformaba en la más terrible que pudiera escucharse, pues ponía en cuestión ese sentimiento básico de confianza sin el que la vida no sería posible. Porque ¿qué habría pensado Isaac a su regreso de aquel sacrificio frustrado? ¿Acaso podría imaginársele de otra forma que temblando en su tienda a la espera de que su padre pudiera volver recibir un mandato semejante y lo estuviera preparando todo para salir de nuevo en dirección al monte con él?

Muchos años después, leería un pequeño texto de Kafka en que la figura de Abraham es revisada a partir de estas consideraciones del hijo. El Abraham del escritor checo no se revela contra Dios, pues ¿cómo podía hacer algo así?, mas se las arregla para demorar indefinidamente su salida hacia el monte con la intención de cumplir lo que pide. Es decir, que siempre encuentra cosas que hacer antes de su marcha, y en esa demora infinita, en ese tiempo robado a sus altos deberes excluyentes, le entrega a su hijo el tiempo que necesita para vivir. Pues bien, la literatura para mí es ese tiempo del hijo.

Adolfo García Ortega en El comprador de aniversarios, una de sus novelas, habla de este tiempo que es el de todos nosotros. Su protagonista viaja a finales del siglo XX a Auschwitz, movido por una historia que le ha conmovido profundamente. Una historia que ha encontrado en un libro de Primo Levi, el gran escritor judío italiano, que fue deportado a Auschwitz, y cuya experiencia narró posteriormente en varios libros estremecedores. En uno de estos libros Primo Levi habla de un niño de tres años, llamado Hurbineck, que apenas hablaba, y que tenía paralizado las extremidades inferiores, por lo que apenas se podía mover. Y cuenta cómo un chico de quince años lo escondía en su barracón, para que sus guardianes no pudieran verle, y se ocupaba de alimentarle y limpiarle. Y cómo, cuando ese niño murió, varios de los presos le fueron juntos a enterrar y el desconsuelo de todos ellos no parecía tener fin, porque era como si con la muerte del niño hubiera llegado también la muerte de toda esperanza. Como el Abraham de Kafka, el narrador de la novela de García Ortega se pregunta por esa vida truncada, y por lo que podría haber sido de ese niño si finalmente hubiera sobrevivido al horror, lo que transforma la escritura de su novela en un intento obsesivo por devolverle a ese niño el tiempo que no pudo tener. La novela habla de la muerte de los niños en los campos de exterminio nazi, donde se acababa con ellos con la misma facilidad y la misma falta de culpa con que nosotros matamos a los conejos o a los pobres pollos de los corrales. Fue en esos campos donde se produjo “el mayor caso de vampirización de la historia”, pues a partir del año 43 y cuando ya los nazis tenían problemas para continuar su guerra y necesitaban cada vez más sangre, empezaron a juzgar como un desperdicio que la sangre de niños y adolescentes se perdiera sin provecho alguno y llevaron a cabo extracciones masivas para atender las necesidades de sus soldados heridos en los hospitales de campaña. La matanza que llevaron a cabo los nazis, no es distinta a la que ordenó el rey Herodes, ante el temor de que su trono le fuera arrebatado por un niño rey que acababa de nacer, o al exterminio de los primogénitos en Egipto, por el ángel vengativo que enviado por Dios quería forzar que el faraón de Egipto liberara al pueblo de Israel de su esclavitud. La literatura habla de todos esos niños sacrificados, a los que quiere rescatar de la muerte. Compra aniversarios, sustrayendo el tiempo de la vida del dominio excluyente de la verdad. El poeta W. H. Auden dice que si bien el amor y la verdad debían ir de la mano, cuando esto no era posible era el amor el que debía prevalecer. Pues bien, eso es la literatura para mí, esa apuesta por el amor, aun a costa de la verdad.

Esa apuesta era la que se llevaba a cabo en el segundo libro de mi vida. Un libro que solía estar en el mismo estante en que se encontraba la Biblia, sólo que, al contrario que esta, mi padre nos lo leía con frecuencia. Se trataba de Las mil mejores poesías de la lengua castellana, un libro que en los años cincuenta solía ocupar un lugar relevante en muchas casas de entonces. La Biblia abrumaba por sus historias terribles, y por el hecho de que todo aquello formara parte de un tiempo anterior a nosotros, en el que apenas contábamos para nada, como si al fin y al cabo hubiéramos llegado al mundo cuando todas las leyes estaban escritas y todas las decisiones tomadas. Pero en aquel otro libro se hablaba de algo muy distinto. No de un mundo marcado por la cruel ausencia de la verdad, sino de uno donde era posible la amistad con las cosas. Cada página, cada poema, era una sorpresa. Canciones de piratas, versos de enamoradas que esperaban al alba a sus dulces pastores, románticas historias de promesas incumplidas, elegías donde atribulados hijos lloraban la muerte de un padre amado y comparaban la vida con un río que pasaba, se alternaban con preciosas historias de moros que se enamoraban de cristianas, de príncipes que confundían la realidad con el sueño, de amantes que creían que su amor sería más fuerte que la muerte y de hermosas niñas que lloraban sus penas a orillas del mar. Todo lo divino y humano, el mundo de la realidad y el del sueño, la aflicción y la dicha, parecía tener un lugar en aquel libro incomparable, en cuyas páginas parecía estar contenido el mundo entero, con sus estaciones, sus animales, y sus desatinos. Criaturas de un solo ojo, bellas ninfas de las fuentes, sabios que hartos del mundo se retiraban a descansar a su huerta, palacios de malaquita donde insomnes princesas soñaban con caballeros que veían a buscarlas con un azor en el brazo, trenes expresos en los que viajaba el solitario amor, golondrinas que jamás volvían a los balcones donde había anidado la dicha, noches oscuras que cobijaban las andanzas del alma, poetas que decían que había sido suya el alba de oro…  ¿Podía pedirse más?

Ese era el mundo que nos ofrecían aquellas hermosas poesías, capaces de proporcionarnos a la vez consuelo, contento, y gusto de vivir. Pero ¿ese mundo de gigantes de un solo ojo y de bellotas resplandecientes, ese mundo donde las cosas participaban a la vez del mundo real y el soñado, no era el mundo de don Quijote? Con el famoso libro de Cervantes pasaba lo mismo que con la Bliblia, que estaba eternamente presente en nuestra vida, aunque raras veces se leyera. Nadie puede discutir el éxito sin desfallecimiento que ha conocido El Quijote desde el momento de su publicación hasta nuestros días. Un éxito al que no sólo han contribuido sus lectores, hoy probablemente más escasos que nunca, sino las gentes de toda condición, ya que sus personajes han abandonado las páginas del libro en que nacieron para lanzarse a vivir sus aventuras en el mundo real, y así las carreteras están llenas de mesones con sus siluetas, sus figuras se han reproducido en mil lugares, se han hecho sobre ellos películas y series de televisión y no hay escolar que no conozca la historia del caballero que perdió la cabeza por leer libros de caballerías y que decidió irse por el mundo para emular las hazañas de los caballeros que admiraba.

Las extravagancias que tanto abundan en este divertido y hondo libro tienen que ver con la incapacidad de don Quijote, y en esto se parece a los niños y a los poetas, para aceptar una vida no marcada por lo excepcional. En eso radica su radical inocencia, en su negativa a separarse de su propia verdad. Por eso no se cansa de pedir. Pide a los sucios venteros que sean corteses anfitriones, a las pobres criadas que sean misteriosas y dulces, a los campos áridos y pelados de la Mancha que regresen al tiempo de la Edad de Oro y a una bacinilla de barbero que se transforme en un yelmo de oro. Su fuerza surge siempre de creer el mundo mucho mejor de lo que es, como si sólo ignorando la verdadera naturaleza de las cosas estuviéramos en condiciones de conseguir que se mudaran en lo que debieron ser. Pero, bien mirado, el lector hace eso mismo cuando lee. Realiza ese acto supremo de pedir que es la lectura, llevado por la nostalgia de una imposible totalidad. Lee para negar que sea cierto que la vida no tenga sentido, y porque no quiere que en el mundo dejen de existir cosas como la bondad, el amor y el perdón.

Y en esto el lector no es diferente a los niños. Tampoco ellos se cansan de pedir. Ven un espejo y le piden que sea la puerta que les conduzca a otro mundo, ven a un vagabundo y quieren recibir de él el plano de una isla perdida, un pájaro entra por su ventana y le piden noticias del jardín donde los pájaros hablan, los árboles cantan y el agua es de oro, van al mercado y se detienen ante las cabecitas de los corderos sacrificados como si estos fueran a susurrarles su triste historia. Porque no se trata de esperar que los libros nos entreguen verdades decisivas sobre la vida, sino de leerlos sin saber lo que pretendemos al hacerlo, si es que pretendemos algo. Por eso los buenos libros no sirven para nada concreto. No nos ayudan a comprenden el mundo, no nos hacen más sabios; nos sumen en ese estado tan cervantino de la perplejidad. Por eso es tan difícil contestar a esa pregunta que tortura a padres y educadores, acerca de lo que pueden hacer para que los niños lean más. No hay fórmulas, no hay guías posibles. A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada.

Más o menos por entonces, vi una película que tenía que ver con el mundo al que pertenecían las poesías que mi padre nos leía. Se titulaba Las aventuras de Simbad, el marino, y en ella una princesa sufría un encantamiento que la transformaba en un ser del tamaño del pulgar. Entonces Simbad, su prometido, tenía que ponerse en camino para buscar una planta que crecía en un paraje perdido del mundo, cuya flor era el sólo antídoto que la podía devolver su antiguo tamaño. La película era el relato de la búsqueda de esa flor, y de todas las aventuras que Simbad tenía que vivir para lograrla. En los intervalos entre una aventura y otra, Simbad se refugiaba en su camarote y tomando un pequeño cofre, en el que estaba la princesita encantada, lo ponía sobre la mesa para que pudiera salir. Lo que esta hacía enseguida para frotarse contra sus grandes manos, y pasearse entre los platos, los vasos y los restos de pan, consciente del poder que cada uno de sus movimientos ejercía sobre el valeroso Simbad. Y recuerdo cómo a mí era justo esta escena la que me parecía la más apasionante de todas, mucho más que las luchas de Simbad y sus compañeros contra hidras de innumerables cabezas, hordas feroces de criaturas de un sólo pie, o contra la magia perversa de hechiceras capaces de transformar a un grupo de hombres en una piara de cerdos.

Esa misma fascinación me llevaría poco después a los libros de Emilio Salgari. No era por entonces demasiado aficionado a leer; pero poco antes de acabar el curso, en una tarde de dichoso aburrimiento, había caído en mis manos un libro llamado El Capitán Tormenta. Ese libro, ambientado en la época de las cruzadas, contenía una sorpresa, ya que su protagonista, el enigmático capitán Tormenta, era una muchacha que por alguna razón que no logro recordar se había disfrazado de hombre, y que se comportaba en la lucha como el más valeroso de los soldados. Deslumbrado por su lectura, poco antes de salir hacia el pueblo incluí precipitadamente en mi equipaje, otro libro del mismo autor.  El azar quiso que fuera El corsario negro.  Lo leí de un tirón, en una de aquellas tórridas tardes de verano, e inmediatamente lamenté no haber incluido en mi equipaje los otros libros de la serie, pues El corsario negro no es sino la novela inicial de una serie que tiene al triste Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia por protagonista.

Todos esos libros estaban en casa pues mi hermano mayor era muy aficionado a leer. El Corsario negro concluía con la sobrecogedora escena del señor de Ventimiglia llorando en el puente de mando, y recuerdo que cuando leí esta última página corrí en busca de mi hermano para que me contara el final de la serie. Se negó a hacerlo, por lo que tuve que esperar a que terminara el verano y que regresáramos a nuestra casa de Valladolid para enterarme de si el Corsario Negro lograba matar por fin al malvado gobernador holandés, y de cuál había sido el destino de la bella Honorata de Van Guld, la guapa protagonista de la serie.

Aquella mujer estaba lejos de ser un mero adorno, un juguete precioso, en el universo del varón. Era una criatura que no se limitaba a dejarse llevar por los acontecimientos, sino que tomaba parte activa en ellos, como bien se revelaría en muchos momentos de la novela, y en otros momentos de la serie. Enseñándome algo que ya no olvidaría nunca, que también las mujeres tenían que soportar el peso del mundo, la oscuridad de los sueños, y que su búsqueda en medio de la tempestad no era diferente a la de los hombres, ya que unas y otros no hacíamos sino perseguir las dulces y dolorosas palabras del amor. Esas que nos dicen que no es posible que hayamos nacido para ser desdichados.

Y puede que sea esa eterna rebelión contra la desdicha que alienta en toda la obra de Salgari, la que hace que los personajes femeninos ocupen en ella un lugar relevante. Pocos autores de su tiempo dieron tanta importancia a sus heroínas. La serie de Sandokán no sería nada sin Mariana, la perla de Labuán, como tampoco El Capitán Tormenta, La reina de los caribes o Yolanda serían gran cosa sin sus respectivas protagonistas.  Representan el lado de la vida frente a sus partenaires masculinos, siempre abrumados por un exceso de responsabilidad. Es más, suelen ser ellas las que enseñan a esos héroes obcecados, un poco primarios, que el honor no es tanto una apuesta con ellos mismos, como no defraudar a los que nos aman. Un acto de compromiso con el mundo, y con los que confían en ti. Y algo más importante aún, que el mayor pecado es renunciar a la felicidad.

Y fue entonces cuando misteriosamente en mi casa, como al conjuro de mi nueva afición, empezaron a entrar libros nuevos, y nuestra biblioteca familiar fue creciendo y ampliándose con nuestros nuevos gustos y con los cambios que trajo el tiempo al triste país en que vivíamos. Que este había sido un país donde nadie leía, ni había bibliotecas públicas, ni se leía en los colegios ni en los bancos de los parques, y en el que los libros se seguían mirando con desconfianza, porque se temía que pudieran inducir a la gente a pensar por su cuenta y a apartarse de lo que supuestamente les convenía.

Y a medida que empezaba a leer con regularidad empecé a descubrir con sorpresa que los libros estaban por todos los lados, como un mundo oculto pero enteramente abierto a todos los que se querían acercar a él.  Un mundo que no pertenecía a nadie y que podía ser tuyo con sólo quererlo así, que todos los lectores del mundo constituían algo así como un pueblo secreto, que en nada se distinguía de los otros pueblos salvo por esa inclinación a leer y a que los libros pasaran de mano en mano como si en ellos se guardaran los bienes más preciados. Y era como si al tomar un libro el lector se apartara de todo lo que era y de las ocupaciones que habían caracterizado su vida hasta ese momento, para quedarse a solas, como Simbad con aquella princesa, con sus propios sueños. Bueno, para eso al menos leía yo, para convocar el milagro de esa presencia tan minúscula como decisiva, que fue cambiando de nombre según se sucedían las distintas etapas de mi vida. Así, en mi adolescencia, la pequeña muchacha encantada fue la figuración misma del amor; y en mi juventud del deseo, siempre imposible de cumplir. Más adelante, lo fue de la belleza que es “la distancia del alma”. Y finalmente, ya en mi edad madura, de ese alma inquieta y cariñosa, huésped y compañera del cuerpo, a la que el emperador Adriano se refirió en unos versos justamente recordados por todos.

Han pasado los años, he leído centenares de libros que  se extienden por todas las paredes  de mi casa, hasta hacerme pensar que forman parte de ellas, me he vuelto melancólico, disciplinado y un poco aburrido, y sin embargo hay algo en lo que sigo siendo como aquel adolescente que en un bello verano tuvo la fortuna de encontrar en un libro en el que una muchacha se disfrazaba de capitán cristiano, el mismo misterio que Simbad encontraba en la adorable princesa que guardaba en su cofre. Una creencia judía afirma que en cada época en la tierra aparecen treinta seis justos. Nadie los conoce, pues se confunden con los hombres comunes. Pero ellos llevan a cabo su misión silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. No me cabe duda de que, en nuestro tiempo, de existir esos justos desconocidos a varios de ellos habría que buscarlos entre los miles de lectores anónimos que compran libros o visitan cada día las bibliotecas del mundo. La leyenda judía dice que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados, por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, e infundirles así un poco de calor.  Y esa imagen de las manos enormes de Dios cobijando a sus pequeños justos, me hace pensar en la escena en que Simbad tomaba a la pequeña princesa y la guardaba entre las suyas. Claro que, a juzgar por la expresión encantada de Simbad, aquel cuerpo adorable y minúsculo debía de estar todo menos helado. Lo que bien mirado no cambia mucho las cosas pues el alma es así, locuaz, atrevida y ardiente y se alimenta sobre todo de nuestro asombro. No se la puede buscar, es ella la que te encuentra. Y leer es seguirla sin preguntar a dónde te lleva.

Y llegado a este punto es posible que muchos de ustedes se estén preguntando cómo es posible que no haya dedicado aún ni una sola palabra a hablar de la pandemia que ha cambiado nuestra vida, y puesto en cuestión, entre otras e importantísimas cosas el mundo del libro y a todos los que creen y trabajan en él. Me disponía a hacerlo, pero me acordé de El Decamerón y decidí que tal vez lo mejor era que les contara una historia que pudiera llevar un poco de consuelo, alegría y esperanza a sus corazones en estos momentos tan difíciles. Y puesto que se trataba de inaugurar una Feria del Libro ¿qué mejor que esa historia les tuviera a ellos, los libros, por protagonistas? En El Decamerón, tras la descripción de la peste que ha asolado Florencia, Boccaccio nos cuenta como un grupo de jóvenes damas coincide en una iglesia. Son siete, y deciden dirigirse a alguna de sus posesiones campestres a fin de huir del horror que las rodea. Tres apuestos varones se ofrecen a acompañarlas, y juntos abandonan la ciudad maldita para refugiarse en una villa de las afueras. Se preguntan entonces qué harán con su tiempo, y deciden contarse historias. Llegan a un acuerdo, cada día uno de ellos será el rey o la reina de los otros y les encargará el tema sobre el que deben versar sus relatos.

Chesterton escribió que las dos cárceles que amenazan la libertad de los hombres son la cárcel del puritanismo y la cárcel del pesimismo, y El Decamerón logra escapar de las dos y, como el cuarto de los niños, “guarda goces que el puritano no puede prohibir ni el pesimista negar”. Tendrás una nueva historia, le dice Sherezade al sultán, si me concedes un día más. Ese tiempo robado a la muerte es el tiempo del relato, se confunde con el que nuestras bellas damas y sus dispuestos caballeros tratan de ganar con sus historias, también con este en el que estamos ahora: el tiempo del hijo. Estamos en el mundo de Sherezade, donde contar es pedir a la vida un día más, ya que el mundo del relato sustituye al paraíso y nos lo recuerda.

Sin embargo, algo en la visión de los paseantes que, enfundados en sus mascarillas, recorrían las calles de nuestra ciudad me hizo pensar días atrás en Los comulgantes, la desoladora película de Bergman. Los Comulgantes gira sobre el silencio de Dios y sobre la toma de conciencia por parte de su protagonista, el reverendo Tomas, de su propio ateísmo. No estamos ante una obra estrictamente religiosa, sino ante una que habla del absurdo de vivir y de la búsqueda de ese sentido que siempre se nos escapa. El momento más extraordinario de la película es cuando el reverendo lee la carta en que su amante le reprocha que nunca rezara por sus manos. Un terrible eczema las ha llenado de llagas y el reverendo se aparta de su lado por el asco que le dan. «Dios mío por qué me creaste eternamente insatisfecha, tan asustada y resentida -le escribe ella-. Si mi sufrimiento tiene algún sentido dime cual es». Ese sentido que busca solo puede obtenerlo a través del amor. Por eso no le pide al reverendo que rece por su salvación eterna o por su alma, sino por sus manos, para que desaparezca de ellas el terrible estigma que las deforma y ensucia y vuelvan a ser aptas para las caricias y el juego. 

         Pensé en la queja de esta mujer al ver esa legión de rostros borrados por mascarillas azules y de manos que no quieren tocar ni ser tocadas. Esos rostros y esas manos hablan de exclusión, de pérdida de contacto con el corazón de lo real. Son el símbolo de una comunidad rota. No solo por el virus que nos invade, sino por el tipo de mundo que hemos creado. Un mundo donde la práctica social y la tradición comunitaria aparecen dramáticamente separadas, y que condena a tantos a la miseria, la locura o a la soledad.  Por eso, la pregunta más urgente que podemos hacernos hoy es si el mundo que nos vamos a encontrar cuando la epidemia termine se parecerá a este. ¿Seguiremos dedicando un dinero que no tenemos a gastos militares que en nada nos aprovechan, obligando a los que se ocupan de nuestra salud a seguir atendiéndonos en condiciones cada vez más precarias? ¿Seguiremos sin hacer de la investigación y de la educación objetivos prioritarios de nuestra sociedad; haciendo oídos sordos a las reiteradas advertencias de los científicos acerca del deterioro del mundo; encerrando a nuestros ancianos en residencias de las que preferimos no saber nada; haciendo, en definitiva, del  homo economicus el único Señor de la Realidad?  Preguntamos qué podemos hacer para esto no sea así, es la única pregunta que debería importarnos en estos tiempos de oscuridad.

Pero se cumple este año el centenario de Miguel Delibes y es justo y necesario, una deuda de amor, que le dedique las últimas palabras de este pregón. Siempre he creído que la clave de la fascinación que nos producen sus libros está en el inesperado y misterioso lirismo de su prosa. Entiendo por lirismo una ceremonia mágica de la palabra. El principio poético devuelve a la palabra su gozo al romper con la economía de la producción de sentido. Al contrario que la mayor parte de la llamada literatura realista, que obliga al lenguaje a transmitir informaciones y producir sentido, la palabra en los libros de Delibes es puro disfrute, búsqueda del asombro. Su obra nos habla de las fuerzas terribles o benéficas de la naturaleza, del placer y de la muerte, de los abusos de los poderosos y de las servidumbres del amor, pero también, y sobre todo, es una celebración de la belleza del mundo. Miguel Delibes pertenece a la estirpe de Cervantes y Stendhal, la estirpe de todos los grandes moralistas, en el sentido que Albert Camus da a esta palabra: los que tienen la pasión del corazón humano.

La verdad es que haber nacido en Valladolid me ha dado la oportunidad de conocer y frecuentar a dos escritores esenciales para mí: Miguel Delibes y José Jiménez Lozano, cuya cercana desaparición aun nos llena de perplejidad y dolor. Son escritores cuyas obras están profundamente arraigadas a esta tierra y esta ciudad. En la obra de Delibes está nuestro paisaje, nuestras gentes, y nuestra querida y hermosa lengua, pero también la gran tradición realista europea, y el sentimiento de que más allá de los valores estrictamente lingüísticos, la literatura se sustenta sobre  valores tales como la defensa de la  infancia, el amor a la naturaleza o la pregunta por la muerte. Nadie ha escrito páginas más memorables que Jiménez Lozano sobre la verdadera esencia de Castilla, pero en sus relatos  está también el misterioso mundo judío, la desnudez de los narradores nórdicos, y la celebración de la belleza del mundo griego. Jiménez Lozano tiene un poema titulado El precio. En él vemos hacer al poeta una lista apresurada de algunos de los dones humildes que ha recibido al vivir. Las tardes rojas, el canto del cuco, las construcciones de escarcha, los árboles entre la niebla, los ojos y las manos de los hombres, la dulzuras del amor. Todo eso, escribe, hay que pagarlo con la muerte. Pero enseguida añade: “Quizás no sea tan caro”. Estos versos resumen la obra de su autor.

Y ahora, ya para terminar, les contaré un pequeño cuento. Pertenece a El Pentamerón, un libro que el napolitano Giambattista Basile escribió hace ya muchos, muchos años. Trata de una reina que deseosa de tener una hija exclama un buen día: “¿Por qué no puedo tener hijos como el mirto tiene sus ramas?”. Y entonces sucede que la reina en vez de tener una niña tiene una ramita de mirto. Una ramita a la que no duda en reconocer como su propia hija y a la que rodea de delicados cuidados desde su nacimiento. Pasa el tiempo y un príncipe que visita el país se queda prendado de la ramita. Y, como tiene que pasar en el palacio la noche, le pide a la reina que se la deje llevar a su cuarto para poder contemplarla cuando despierte. Mas esa noche una muchacha brota de la rama y se acuesta junto al príncipe. Y leemos: “Mas cuando notó que algo se metía en su cama y que allí donde esperaba tocar púas de puerco espín topaba con una cosita más suave y mullida que la lana  berberisca, más esponjosa y blanda que la cola de una marta, más delicada y mórbida que las plumas de un jilguero, fue en pos suyo y, juzgando que era un hada (lo que en efecto era), se le abrazó como un pulpo y, jugando a la pájara pinta, se pusieron a correr sortija. Mas -antes de que el Sol saliese a visitar a las flores enfermas y marchitas- la muchacha se levantó y se fue, dejando al príncipe colmado de dulzura, repleto de curiosidad, rebosante de asombro”.

  Colmados de dulzura, repletos de curiosidad, rebosantes de asombro… ¿Se ha formulado alguna vez una preceptiva mejor acerca de cómo deberíamos sentirnos al concluir los libros que de verdad merecen la pena?